30 de abril de 2017
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Coleção:INTERAMER
Número: 29
Ano:1994
Autor: Josefina Zoraida Vázquez y Pilar G.Aizpuru, Comps.
Título: La Enseñanza de la Historia


La construcción del ethos republicano

Tanto la historiografía como la enseñanza de la historia fueron en el siglo XIX un vehículo privilegiado para la creación del sentimiento nacional y la construcción de una identidad cuyos orígenes estaban en el pasado. A pesar de las grandes similitudes que tuvo este proceso en América Latina al compartir el pasado común de la dominación española, había también diferencias determinadas por el tipo de cultura indígena anterior a la Conquista y por el lugar ocupado dentro del contexto colonial español. Si en el caso de México, por ejemplo, había un pasado grandioso que rescatar, formado por una gran civilización precolombina y por haber sido el más importante Virreinato, el caso de Chile era muy distinto.5 Frontera lejana del Imperio Inca por el norte y acosado en el sur por el pueblo araucano durante gran parte del período colonial; la más lejana y pobre de las colonias españolas, dependiente del Virreinato peruano y conocido sólo por ser tierra de guerra, desde la perspectiva de los historiadores era difícil recurrir a los elementos clásicos del nacionalismo romántico para forjar una identidad heroica. Si en todo el Continente la Independencia fue el momento paradigmático, en el caso de países como Chile, con un pasado de relieves menores, ello fue aún más fuerte.

Más que hacer una descripción de cada texto, lo que nos interesa en estas líneas es destacar cuál es, a nuestro juicio, el factor en torno al cual dichos textos intentaron construir una identidad propiamente chilena. En el marco de una interpretación convencional para el siglo XIX, que privilegia la narración de grandes acontecimientos, la historia militar y política, los grandes personajes y cuyo punto de vista es el ideal del progreso y de la ilustración, dicha identidad no se construyó ensalzando un pasado indígena glorioso, aunque se hiciera referencia al espíritu libertario de los araucanos, ni bastaba construirla sólo apoyándose en una negación, como lo era la condena al pasado colonial. El factor determinante, a nuestro juicio, fue la exitosa construcción de la república, porque allí se diferenciaba de los demás países del Continente, era allí donde podía construir un modelo heroico, un ethos fundante que fuera patrimonio distintivo de la nación.

Todos los textos compartían la visión de la historia como progreso; progreso identificado con la ilustración y las luces. De ahí que condenaran el período colonial como oscurantista y despótico; pero también por ello consideraban la Conquista y la presencia española como una etapa más evolucionada que la del pasado indígena. No es una visión “hispanista”, sino europeizante.

El primer texto escolar fue el Manual de historia de Chile, del exiliado argentino Vicente Fidel López, publicado en 1846 con la aprobación de la Universidad. López, defensor de Lastarria y partidario de la historia filosófica, fue quien hizo más explícitos los objetivos de su texto: la patria se preocupaba de la educación de sus hijos para hacerlos hombres de bien y de luces, ciudadanos dignos de una república civilizada. Los alumnos debían estar agradecidos de haber nacido en una “nación culta y bien gobernada” que se preocupaba de la educación. “He aquí todo lo que trato de enseñaros, pues debéis saber que de nada más os vais a ocupar que de estudiar los progresos que vuestra patria ha hecho en la carrera de la civilización y de la libertad” (López VII). Desde esa perspectiva, definía los sujetos. La historia de Chile era la del pueblo civilizado, que conocía la escritura y se gobernaba por leyes. Era la historia de la raza española y la de sus descendientes, así como de todos aquellos que vivieran bajo esas costumbres. Los indios, que se habían resistido a la civilización, habían sido arrastrados al sur donde vivían en estado bárbaro y salvaje. Ellos no formaban parte de esta historia que se inicia con la Reconquista española, continúa con los viajes de Colón y las distintas expediciones de conquista hasta llegar a la de Diego de Almagro, que desde Perú parte rumbo a Chile; y luego la conquista definitiva de Pedro de Valdivia; la fundación de Santiago; los sucesos de la guerra de Arauco; la lucha heroica de los araucanos por mantener su libertad y las obras civiles de los diversos gobernadores que “demuestran, aunque paulatinamente, los pasos con que íbamos a la civilización europea los habitantes de una tierra cubierta poco antes con la barbarie” (López 6).6 Al igual que la Conquista, la Revolución ocupa la mayor parte del texto de López. El período se inicia con los sucesos de España, la formación de la Junta Central de Sevilla y la formación de las juntas americanas. Las causas de la Emancipación estaban en el aumento de criollos cultos e ilustrados que comprendían los vicios de un gobierno despótico, que se oponían al sometimiento de una patria que amaban y que despreciaban estar gobernados por designio divino. Se oponían igualmente al monopolio del comercio y confiaban en sus propias riquezas. Ellos, “los santos de vuestra religión política”, habían luchado por la libertad, la independencia y la forma republicana de gobierno (López 118). López relata los acontecimientos desde la formación de la Junta de Gobierno en 1810, las discordias internas, la lucha contra los españoles, el triunfo patriota en 1817 y el gobierno de O’Higgins para terminar con el gobierno de Freire en 1823 que dará inicio a la tercera época de la historia de Chile, la republicana, luego de la conquista y la revolución. Si bien el autor no trata este período, su valoración es clara al señalar en la introducción que Chile era una nación culta y bien gobernada, privilegio que otras naciones no tenían. En ello había una referencia implícita a su propia patria y a otras del Continente. Cuando el texto de López fue reeditado en 1873, el editor prolongó el relato hasta 1871 y ensalzó el camino de progreso y de orden recorrido por el país desde 1830, el triunfo militar frente a sus vecinos en 1839, el afianzamiento de las instituciones políticas, todo lo cual diferenciaba a Chile del contexto continental.

En 1856 Miguel Luis Amunátegui, profesor del Instituto Nacional y uno de los más grandes historiadores chilenos del siglo XIX, publicó con aprobación de la Universidad el Compendio de la historia política y eclesiástica de Chile, donde se hace evidente el triunfo de la escuela narrativa. Es un texto parco en juicios, que se atiene a un descripción de los sucesos que se inician con la formación de una sociedad conquistadora entre Diego de Almagro y Francisco Pizarro en Panamá para realizar una expedición al Perú y termina con la Independencia. Se hace una breve mención al período colonial, deteniéndose en los sucesos de la Guerra de Arauco. La historia eclesiástica es una enumeración de los obispos con una breve mención a las congregaciones religiosas. El único aspecto interpretativo se refiere a las causas de la Independencia que Amunátegui atribuye a la exclusión de los criollos de los cargos públicos, a la influencia de la Independencia norteamericana, al monopolio del comercio y al mal gobierno español. La estructura del texto indica nuevamente que la Conquista y la Independencia son los únicos momentos dignos de ser relatados porque en ellos, como lo demuestran otras obras de Amunátegui, se revela la fuerza y la creatividad de los individuos que el despotismo colonial habría inhibido (Amunátegui, pássim).

En 1857 Miguel de la Barra, académico de la Universidad, y con la aprobación de ella, publicó su texto Compendio de la historia del descubrimiento y conquista de América, que comprendía el período indicado en todas las colonias del Hemisferio, haciendo una breve referencia a los pueblos indígenas basada en Robertson. El método es narrativo y sólo emite juicios referentes a la crueldad de los españoles con los indios y al tenaz amor a la libertad manifestada por la resistencia araucana en el caso de Chile (Barra, pássim).

El texto más significativo del siglo XIX, a nuestro juicio, fue el de Diego Barros Arana, Rector del Instituto Nacional, publicado en 1857 bajo el título Compendio elemental de historia de América, también aprobado por la Universidad. Fue el más comprehensivo y extenso de ellos pues incluía todo el hemisferio, desde los pueblos precolombinos hasta el final del período de la Independencia. Circuló no sólo en Chile, sino en otros países del cono sur hasta entrado el siglo siguiente. Continuando el método narrativo y la estructura que privilegiaba la Conquista y la Independencia por sobre la Colonia, Barros Arana fija una interpretación paradigmática de la historia de Chile al revertir la pobreza colonial en su gran fortaleza: haber sido la colonia española más pobre, lejana y abandonada “fue causa de que Chile recibiera una herencia menor de vicios i de corrupción, i de que al constituirse como república independiente, se viera libre de muchas de las llagas que han demorado la organización de los otros pueblos del nuevo mundo” (Barros Arana, Compendio...). Si Chile se “adelantó a todas sus hermanas”, fue por la obra de algunos “espíritus superiores” conocedores de las teorías políticas y sociales que demostraban la diferencia entre una oscura colonia y un pueblo independiente. Ellos condujeron y conquistaron a los grandes propietarios agrícolas, cuyo poder y prestigio dominaba a toda la población, para realizar la revolución. Por ello ésta se hizo en orden, sin “anarquía popular” ni “desenfreno de las masas”. Luego del período propiamente militar de la revolución, concluido en 1826 con la conquista de Chiloé, “la colonia más pobre i más oscura de la España en el Nuevo Mundo, pasó a ser una república independiente, que más feliz que casi todas sus hermanas, ha aprovechado su libertad para desarrollar los jérmenes de su riqueza, i para alcanzar un grado de prosperidad que sin duda no se imajinaron los padres de la independencia” (Barros Arana 344).

Barros Arana escribió su texto en el momento en que se perfilaba el conflicto entre clericalismo y laicismo. Su interpretación era claramente liberal y atribuía a ese ideario el progreso que vivía el país.

En la medida en que el conflicto se agudizó, la Iglesia vio la conveniencia de escribir sus propios textos para los seminarios y colegios católicos. Fue así como en 1875, Esteban Muñoz Donoso publicó para ese objeto su Compendio de historia de América y Chile con el mismo método y estructura de los textos anteriores, esbozando una línea interpretativa elocuente de los consensos y disensos dentro de la élite dirigente chilena. También para Muñoz entre la etapa precolombina, la conquista y la independencia había una línea ascendente de progreso; pero destaca más que los anteriores la codicia y la crueldad de los españoles frente a la cual resalta la labor de la Iglesia en defensa de los indígenas. Muñoz distingue la influencia bienhechora de la Iglesia en todos los ámbitos, del despotismo español que había marginado a los criollos de los cargos públicos y de las ventajas del comercio. Su interpretación es favorable a la República y ve en la Independencia “la reivindicación de los derechos del americano por tanto tiempo conculcados, la justicia de Dios castigando a pueblos i gobiernos culpables” (Muñoz Donoso 269). Pero no todos los pueblos habían sabido hacer buen uso de la libertad, pues se habían sumido en guerras civiles y estaban dominados por la ambición despótica de caudillos. Chile era, nuevamente, una gran excepción, pues “el patriotismo y el buen sentido nacional elevaron luego a hombres serios i capaces de hacer la felicidad de la patria” (Muñoz Donoso 431). Si Chile había caminado por la senda del progreso era porque la religión había sido respetada y la Iglesia continuaba ejerciendo su rol bienhechor sobre la sociedad. Libertad y religión habían sido compatibles, y por ello, Chile había recorrido un camino distinto al de las naciones del Continente.

El texto de Muñoz demuestra que, aunque por razones diferentes, tanto liberales como conservadores compartían una visión progresista de la historia que culminaba en la República y fijaban allí la peculiaridad de la identidad chilena.7

Coincidían en que el elemento distintivo de la historia de Chile era ser el país que más exitosamente había logrado encarnar los principios de la Independencia. Ello definía la identidad chilena, una identidad republicana.

Creemos que estos dos textos fijaron una matriz de la interpretación de la historia de Chile que fue poderosa en forjar la autoimagen de la clase dirigente chilena del siglo XIX y que a través de la escuela se diseminaría hacia las otras clases sociales.

Los textos aparecidos en las dos últimas décadas del siglo se basaban principalmente en Barros Arana y la novedad que en ellos se aprecia estuvo en la creciente importancia que pasaron a tener los aspectos pedagógicos, fruto de la influencia de la pedagogía alemana introducida en Chile en ese período.8