25 de junho de 2017
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Coleção:INTERAMER
Número: 29
Ano:1994
Autor: Josefina Zoraida Vázquez y Pilar G.Aizpuru, Comps.
Título: La Enseñanza de la Historia


Las transformaciones en el cambio de siglo

Los años del cambio de siglo están marcados por profundas transformaciones en el ámbito educacional. Estas se habían iniciado en tiempos del Presidente José Manuel Balmaceda, quien, aprovechando la riqueza que las exportaciones de salitre proporcionaron al Estado, inició una tarea de grandes proporciones, construyendo escuelas primarias, liceos y escuelas técnicas a lo largo de todo el país. Fue entonces cuando se emprendió también una reforma cualitativa de la educación al introducirse nuevos conceptos, técnicas y métodos de enseñanza. En este último aspecto, la fundación del Instituto Pedagógico dependiente de la Universidad de Chile constituye un hito en la historia de la educación chilena.

El Instituto abrió sus puertas en 1889 y con él se inició la modernización de la enseñanza primaria y secundaria nacional. Hasta entonces, los profesores se elegían entre profesionales destacados: médicos, abogados, ingenieros y personalidades de las letras, las ciencias y la política. Sin embargo, ellos no poseían los conocimientos pedagógicos indispensables en un profesor, limitando su quehacer a la tarea de fiscalizar la repetición de textos aprendidos de memoria por sus alumnos, supliendo sus carencias con lecciones de gran vitalidad, la misma que les daba la práctica de sus profesiones y trabajos habituales.

A la acción del Pedagógico, cuya influencia habría de prolongarse por muchos años, se sumó la incorporación de una gran cantidad de estudiantes, de los más variados sectores sociales, al sistema educacional y la integración de la mujer al mismo, provocando un cambio en la estructura de la población escolar y un cuadro de aspiraciones educacionales que obligó al sistema a ampliar sus capacidades y reorientar sus objetivos.

Como consecuencia de las transformaciones producidas, a comienzos de siglo afloraron las limitaciones más graves que la educación chilena presentaba. Estas eran fundamentalmente dos: su carácter altamente selectivo y su escasa capacidad de preparación para la vida económica y social del país. Surge entonces (décadas de 1900 y 1910) la idea de readecuar los objetivos y contenidos de la educación nacional.

En cuanto al papel de la educación en la vida nacional, se precisó que ella tenía la función social de entregar los elementos necesarios para el desarrollo del individuo, a la vez que prepararlo para que coopere al desenvolvimiento general del país, convirtiéndose así en un instrumento de transformación social y económica. Respecto de sus objetivos, se estableció que debía contribuir al desarrollo, entregando contenidos que estuvieran más acordes con las necesidades de un país que, entonces, requería de ciudadanos capacitados para la vida del trabajo.

La educación intentaba adecuarse a la realidad del Chile de los años 20. Un país que, desde el punto de vista político, manifestaba los síntomas del agotamiento del modelo de sociedad liberal encabezado por la oligarquía tradicional; que en el plano económico sufría los efectos de su dependencia económica y que evolucionaba de una economía agrícola a una industrial; que en el ámbito social veía consolidarse a los grupos medios como clase y como alternativa de poder, a la vez que apreciaba los primeros intentos del proletariado por acceder a una mayor participación en el quehacer nacional. En definitiva, una nación en medio de un acelerado proceso de transformación social, con una gran inestabilidad económica, en proceso de revisión de sus instituciones políticas y de cuestionamiento y reorientación de algunas de sus instituciones fundamentales como el sistema público de educación.

En un ambiente de cuestionamientos y cambios, no debe sorprender que la enseñanza de la historia nacional buscara nuevas orientaciones y propósitos, los que también se reflejaron en los textos escolares de la especialidad. A partir de 1906 se publicaron numerosos textos escolares de historia de Chile, todos los cuales, de una u otra manera, buscaban adecuar la enseñanza de la historia al desenvolvimiento experimentado por el país y a los avances de la ciencia histórica y de los métodos pedagógicos.

La mayor parte de los autores de los nuevos textos se habían formado en el Instituto Pedagógico y desarrollaban o habían desarrollado una destacada carrera profesional en el ámbito de la educación pública. Compartían también, salvo por una excepción, un origen social común. Eran parte de esa clase media nacional que se había formado al amparo del estado y gracias al sistema de educación implementado por éste. Pertenecían al sector social que en la década de 1920 reemplazaba a la aristocracia tradicional en la conducción de la nación.

En sus textos escolares de historia de Chile, autores como Luis Galdames, Domingo Amunátegui Solar, Vicente Bustos Pérez, Salvador González Ferruz, Octavio Montero Correa, César Barahona, Luis Pérez y Armando Pinto, reflejaron las nuevas tendencias educacionales que ponían mayor énfasis en los métodos de enseñanza, en la psicología y en las técnicas didácticas.

Incorporaban también, o más bien lo intentaban, algunas de las nuevas tendencias historiográficas, de tal forma que su objetivo era no sólo dar a conocer la obra de los gobernantes y las guerras, sino, además, hacer una relación de todas las actividades de la vida nacional. En este sentido, la aspiración de los autores se frustró al no existir entonces estudios monográficos suficientes y adecuados sobre la historia económica, social y cultural de Chile que les hubieran permitido, como ocurriría décadas más tarde, incorporar esos temas al contenido de sus textos.

Insertos y formados en una época de cuestionamientos y cambios, estos autores abordaron en sus libros la historia reciente, buscando en el relato de los problemas y convulsiones sufridas por el país entre 1891 y 1932, las experiencias y las enseñanzas que permitieran a los chilenos evitarlas en el futuro.

De entre los numerosos libros publicados sobresalen, tanto por el prestigio de sus autores como por la calidad, la difusión y vigencia que tuvieron, el Estudio de la historia de Chile, de Luis Galdames, y la Historia de Chile, de Domingo Amunátegui Solar.

Luis Galdames era un típico representante de los grupos medios. Había nacido en 1881 en las cercanías de Santiago, ciudad a la que llegó para ingresar al Pedagógico, del cual egresó con el título de Profesor de Historia y Geografía, en 1900. Junto con el siglo, inició una brillante carrera de educador que lo llevó a desempeñarse en prestigiosos centros de enseñanza fiscal y en altos cargos de la administración educacional pública. En 1906 publicó la primera de sus obras, a la que habrían de seguir numerosas otras de carácter histórico y pedagógico que, junto a su trayectoria docente, habrían de convertirlo en uno de los más destacados educadores chilenos de la primera mitad del siglo.

Su Estudio de la historia de Chile, publicado en dos tomos entre 1906 y 1907 y reeditado por primera vez en 1911 en un solo volumen, tenía como propósito fundamental “dotar a los estudiantes del ramo de un manual de lectura histórica”, a la vez que “suplir el vacío que aún existe entre nosotros, de un libro breve que resuma la vasta investigación circulante sobre nuestro pasado y permita a cualquiera persona adquirir un conocimiento general y sintético de la historia chilena” (Galdames III-IV).

Como todo manual de historia nacional, el texto abarcaba el acontecer desde las primitivas poblaciones chilenas, hasta la historia más reciente, mostrando, además de los hechos políticos y militares, otras actividades sociales, aquellas que en opinión del autor “labran la cultura y el bienestar públicos y forman y modifican las costumbres”. Repasaba también las ideas, “que dan fuerza y prestigio al Estado, que constituyen la vida estable de la nación entera” en un afán por dar a conocer aquellas actividades que, sin ruido y exhibición ninguna, habían contribuido a la formación de la nación.

Galdames concebía la historia de Chile como el resultado de “una labor colectiva, constante y silenciosa”; de tal manera que en su opinión, “circunscribir la historia a los actores del gobierno y a los ciudadanos que ejercen el poder político” era “falsearla desde su base”; de ahí su intento por mostrar a los diferentes grupos y sectores sociales que habían formado parte de la historia nacional, algunos de los cuales sólo en las últimas décadas habían asumido un papel más destacado.

Así planteadas las cosas, la historia tenía la misión educativa de “rastrear nuestros orígenes como pueblo, medir las dificultades que se han opuesto en otras épocas a cada paso de la civilización, poner de relieve los factores que más impulso han dado a la nacionalidad y observar, a la vez, todas las manifestaciones de la vida”, en un estudio que daría fuerza al espíritu, despertando en él anhelos generosos de perfeccionamiento, confianza en las energías propias y que, en suma, nos haría “amar más y servir mejor la nación que otras generaciones han amado y servido en bien nuestro” (Galdames VII-VIII).

La historia asumía así una función formativa de la personalidad, transformándose en lección constructiva para las nuevas generaciones, en instrumento para estimular el desenvolvimiento nacional.

El texto de Galdames tuvo éxito inmediato. Fue juzgado elogiosamente como un texto de estudio nuevo y original, tanto por su método —más crítico y sociológico— y su composición, como por la forma en que desarrollaba sus materias, reflejo del pensamiento racionalista, del credo nacionalista y del carácter pragmático de su autor. Desde su publicación, la obra tuvo múltiples y sucesivas ediciones, algunas de ellas en el extranjero, transformándose en el manual de historia de Chile más difundido entre los escolares chilenos que cursaron estudios en la primera mitad del siglo.

Uno de los méritos de la labor de Luis Galdames fue la de contribuir a resaltar la importancia de la historia de Chile como asignatura específica en la enseñanza, señalando así la lección constructiva que se derivaba del conocimiento de nuestra evolución y desarrollo colectivo, sentido y propósito que otros autores de manuales también contribuyeron a delinear.

Es el caso de Domingo Amunátegui Solar, destacado educador, político, historiador y hombre público, quien, al igual que Galdames, desempeñó importantes cargos en la administración educacional, llegando a ser director del Instituto Pedagógico, rector de la Universidad de Chile y Ministro de Instrucción Pública en más de una ocasión. Heredero del liberalismo reformador del siglo XIX, había iniciado su trayectoria como educador en el recién creado Pedagógico, institución en la que se distinguió por sus afanes reformistas y modernizadores en materia de enseñanza, buscando conformarla a la psicología y realidad nacional. Junto con Luis Galdames, Domingo Amunátegui se transformó en uno de los clásicos tratadistas escolares de nuestra historia, sitial que alcanzó, entre otras razones, gracias a su manual Historia de Chile, publicado en dos tomos en 1933.

El texto era un “libro destinado a la enseñanza sistemática de la historia patria”, a través del cual, el autor pasaba revista al acontecer histórico nacional desde sus orígenes hasta 1932. Siguiendo la tendencia ya señalada en Galdames, Amunátegui también concibió la historia como la obra colectiva de un pueblo, de ahí su afán, frustrado, por incorporar en ella a los sectores medios y populares. Al igual que el primero, encontró en su conocimiento una guía, un instrumento para mejorar la situación de la nación a través de la “deducción de las leyes que han presidido el desenvolvimiento de nuestro país” (Galdames 5).

Liberal convencido, progresista por doctrina, Domingo Amunátegui, a diferencia de los autores del siglo XIX y de algunos de su época, no veía en la historia nacional un proceso de perfeccionamiento incesante. En su obra comienza a delinearse ya una visión de la historia de Chile que en el futuro habría de tener muchos cultores, la de la decadencia nacional en el siglo XX. Refiriéndose a las primeras décadas del actual siglo, habla de las “perturbaciones del orden público”, de “los gobiernos dictatoriales”, de las “asonadas de cuartel” que han “venido a interrumpir la marcha ordinaria de nuestras instituciones”, del “desastroso estado de la hacienda pública”, de la “anarquía política”, añorando “los buenos tiempos de la vida nacional”, es decir, los del siglo XIX en que gobernaba la aristocracia.

Para este autor, y así lo expone en su obra, “el gobierno aristocrático que nos legó España no ha estorbado la evolución republicana ni ninguno de los progresos que han ido estableciendo la igualdad civil”. De esta forma, y por la comparación con la situación de orden, estabilidad y progreso existentes en el pasado siglo, las primeras décadas del actual resultaban anárquicas desde el punto de vista político y social y desastrosas en el plano económico (Amunátegui Solar, Tomo I, 170 y Tomo II, 252).

Todavía más, Amunátegui presenta la figura de Diego Portales —a quien la historiografía tradicional ha atribuido la organización de la república entre 1830 y 1837— en términos positivos, por “haber comprendido que en el estado de desorganización del país —antes de 1830—, se requería un gobierno fuerte, y que para establecerlo debía entregarse la dirección de los negocios a la clase aristocrática” (Amunátegui tomo II, 292). Así, sus planteamientos adquirían gran actualidad desde el momento en que, al escribir su obra, muchos pensaban que el país nuevamente atravesaba por una situación similar a la existente antes de 1830 y que el remedio era el mismo aplicado por el ministro Portales, un régimen autoritario fundado en los sectores tradicionales desplazados del poder en 1920, idea que con el correr del tiempo habría de ir ganando adeptos.9